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Terminada la Revolución Mexicana, el general Ramón F. Iturbe llega a la gubernatura de Sinaloa, después de ganar en los comicios a sus oponentes, entre ellos al general Ángel Flores.

Sinnúmero de problemas enfrentó Iturbe por haber derrotado a Flores y no ser representante del carrancismo: levantamientos armados, desconocimiento como gobernador por algunos miembros de la legislatura y cabildos completos de algunos ayuntamientos. La situación política no llegó a mayores gracias a la intervención del general Álvaro Obregón.
Bernardo J. Gastélum

En 1918 se encontraba dirigiendo el Colegio Rosales el doctor Bernardo J. Gastélum, quien había llegado a la dirección de la institución en 1913. Hombre consciente de su tiempo, durante algunos años estuvo madurando el proyecto de convertir al Colegio en Universidad, en un afán por modernizar la educación superior no solamente en Sinaloa, sino también en el noroeste de México, a través de la creación de una Universidad regional, cuyo modelo estudió en las universidades estadounidenses, incluso por encargo del propio Iturbe, a quien no le costó mucho trabajo convencer para que apoyara su proyecto por la amistad que los unía. Los tiempos de los colegios ya habían pasado. Particularmente el Colegio Rosales estaba entonces en plena decadencia, en todos los aspectos. El doctor Gastélum había nacido en Culiacán en 1889 y estudiado en el Colegio Rosales los estudios preparatorios. La carrera de medicina la cursó en Guadalajara.

Nace la Universidad de Occidente

El 14 de abril de 1918 se discute por primera vez en el Congreso del Estado el nacimiento de la primera universidad sinaloense. Al día siguiente, se abordó con mayor precisión el proyecto de Ley sobre la Universidad de Sinaloa, nombre original propuesto al parecer por el propio doctor Gastélum. Sin embargo, como desde un principio se pensó que la institución cubriera las necesidades educativas de la región del noroeste, se consensó se denominara Universidad de Occidente, con la intención de que en ella participaran económicamente Nayarit, Sonora y Baja California, ya que Sinaloa, por sí mismo, no podía sostener íntegramente una institución de esa calidad.

En cuanto a cantidades, los legisladores acordaron que Sinaloa aportara $50,000.00 anuales (el presupuesto del Colegio Rosales era de $30,000.00 |al año); Sonora, $30,000.00 y Nayarit, $25,000.00. Es decir, la Universidad de Occidente contaría con una subvención de $105,0000.00 por año, cantidad suficiente para tener en poco tiempo con una Universidad fuerte y vigorosa.

Antes los diputados salvaron la duda de si en Sinaloa habría maestros suficientemente capacitados para impartir clases profesionales en una Universidad de esa envergadura.

Por cierto, en esa sesión ya se hablaba de separar a la Preparatoria y a la Normal de la Universidad, con el fin de que cada una de ellas tuviera vida independiente. Inclusive en el primer artículo transitorio de la Ley 47 se especifica que la Normal sólo formará parte de la UO para "aprovechar los elementos científicos comunes a una y otra instituciones y por mientras el estado no puede sostenerla".

El doctor Gastélum tenía la visión de una enorme universidad regional, que fuera en cierta medida tan importante como la Universidad Nacional de México, en alumnos, en calidad educativa y en recursos. Universidad que tendría el carácter de consultora técnica para los gobiernos que quisieran consultarla, principalmente los participantes del noroeste mexicano. La rectoría sería rotativa entre las entidades federativas participantes, es decir, no sería exclusiva de los sinaloenses.

El 9 de mayo de 1918 la legislatura aprueba el decreto número 47 que contiene la Ley que organiza la Universidad de Occidente y le concede su autonomía, publicado por el gobernador Iturbe el día 15 del mismo mes.

El Consejo Universitario

El 31 de julio, por la mañana, el doctor Gastélum, en su carácter de director del Colegio Civil Rosales, envía al gobernador el informe anual correspondiente al ciclo escolar 1917-1918. Después de hablar sobre los logros y dificultades del Colegio, abordó el tema de la nueva Universidad:

Para complementar mejor nuestro sistema de enseñanza se concibió y después de algunas dificultades se elevó a la categoría de Ley, la transformación de este Colegio en Universidad; no veo ciertamente final más glorioso para este Instituto, que el concebido por ese Ejecutivo, y no dudo ni un momento, que esta nueva Institución llenará una misión más amplia que la de preparar a un individuo para las tres o cuatro profesiones que son por ahora el caballo de batalla de nuestros colegios. El bagaje de un hombre culto no lo constituye precisamente la posesión de un título y debemos esperar que merced a la nueva organización de los estudios, las inclinaciones individuales y las exigencias imperiosas de la vida, encontrarán mejor encauzamiento en las tendencias electivas que favorece el espíritu universitario.

La tarde de ese día, el doctor Gastélum realiza una reunión de la Junta de Profesores del Colegio Rosales, con el fin de analizar y aprobar el plan de estudios y los reglamentos Interior y del Consejo Universitario, de la naciente Universidad.

Tras una serie de candentes discusiones en torno al contenido y a la legalidad de admisión de los documentos (el doctor Gastélum propuso se admitieran sin los trámites de rigor, argumentando que los tiempos estaban encima, ya que la Universidad se inauguraría el 16 de octubre, al inicio del nuevo ciclo escolar), éstos fueron aprobados por votación dividida.

Durante la sesión el doctor Bernardo J. Gastélum fue electo rector y el ingeniero Enrique Peña Alcalde, vicerrector.

Al parecer muchos de los maestros no quedaron satisfechos con los resultados de la sesión de la Junta de Profesores, sobre todo por no haberse seguido los procedimientos legales, ya que estaban acostumbrados a largas sesiones de carácter parlamentario.

La situación se tornó más conflictiva cuando el ingeniero Peña, en su carácter de vicerrector, extendió nombramientos de profesores ayudantes a cierto número de catedráticos con el fin de integrar el Consejo Universitario, tal y como lo mandataba la Ley del 9 de mayo.

Por esa razón, la primera sesión del Primer Consejo Universitario en la historia de la hoy Universidad Autónoma de Sinaloa se convirtió en un verdadero polvorín.

Zanjadas finalmente las diferencias, se aceptó el primer Consejo Universitario que quedó integrado por el Dr. Bernardo J. Gastélum, Ing. Enrique Peña, profesor Manuel Hernández Ramírez, profesor Francisco Pérez González, Lic. Amado Bribiesca, profesor Alejandro Flores Ortiz, Antonio Canale, Gustavo Couret, Alfonso Domínguez, Ing. José Laguardia, Lic. José María Tellaeche, señorita Dolores Zepeda, Lic. Pedro Gonzalo Espinoza de los Monteros, Lic. Abelardo Medina y Díaz, profesora Mariana Valdés, profesor José Luis Valencia, profesora María de los Ángeles Echavarría, Lic. Jesús Inzunza y Juan de Dios Bátiz.

No asistieron a esa primera sesión: Gastélum, Medina, Inzunza, Juan de Dios Bátiz, Echavarría y Mariana Valdés.

El Consejo Universitario tenía facultades para realizar en todos sus grados la difusión de todos los conocimientos científicos, artísticos y literarios; dictar los planes de estudios de las escuelas universitarias y de todas las que dependían de la Universidad, así como expedir su propio Reglamento Interior; nombrar y remover a los profesores Universitarios y Adjuntos; expedir bajo la firma del rector y a propuesta de la facultad respectiva certificados, títulos y grados; decretar grado ad honorem en favor de quienes hayan prestado servicios eminentes a la humanidad y a quienes los merecieran por sus conocimientos; y elegir al rector y vicerrector, los cuales serían nombrados por las dos terceras partes de los consejeros (según el artículo 13), durarían en su encargo cuatro años y podrían ser reelectos.

Cuando el CU estuvo integrado por los Profesores Ayudantes (para serlo se requería el grado de bachiller), lo conformaban más de 30 profesores. Al ser integrado por los Profesores Adjuntos (se requería el título de licenciado), el número de consejeros se redujo a nueve. Nunca fue integrado por Profesores Universitarios, porque ni siquiera el rector y el vicerrector llenaban el requisito: tener el grado de Doctor (Gastélum era médico) en la materia que se enseñaba.

Los profesores

El cuerpo docente de la Universidad de Occidente estaba conformado por los profesores ayudantes, los profesores adjuntos y los profesores universitarios.

Al ser nombrados, los profesores tenían que protestar ante el rector de cumplir y hacer cumplir las leyes, reglamentos e instrucciones referentes a la Universidad, necesarias para la prosperidad de la institución.

Sus atribuciones eran: asistir con puntualidad a sus clases, a las juntas, a los exámenes y a las funciones públicas; permanecer en la clase todo el tiempo, sin promover ni consentir conversaciones o distracciones de cualquier género; enseñar la materia o textos y programas designados; cuidar que los alumnos se condujeran con urbanidad en clase, exhortándolos al cumplimiento de sus obligaciones; tratar a los alumnos con comedimiento y benignidad, sin establecer entre ellos otras diferencias que las que resultaban del mayor adelanto, aprovechamiento y buena conducta; imponer a los alumnos las penas que merecieran; dar cuenta al prefecto de las faltas cometidas por los alumnos; anotar en la lista respectiva, las faltas, conducta, aplicación y aprovechamiento de cada alumno.

Maestro que no cumplía con sus obligaciones, sufría penas que iban desde los descuentos respectivos, hasta la baja de la institución, acto este último que en algunas ocasiones sucedió. Cuatro faltas consecutivas causaban la cancelación del nombramiento. El maestro que tenía faltas justificadas, tenía la obligación de prolongar su curso hasta completar las horas reglamentarias establecidas en su respectivo programa.

Podían hacerle al rector algunas observaciones, en privado; si no las tomaba en consideración, o juzgaban necesario, las llevaban al seno del Consejo Universitario.

La planta de maestros era excelente, integrada por abogados de enorme prestigio creadores de las principales leyes de Sinaloa, doctores en medicina, educadores, historiadores, periodistas, políticos, escritores y poetas de prestigio nacional: Lic. José María Tellaeche, Lic. Francisco Verdugo Fálquez, Lic. Pedro Gonzalo Espinoza de los Monteros, Lic. Abelardo Medina, Mayor Fernando Fábregas Márquez, Lic. José G. Heredia, José María Cota, Juan B. Ruiz, José María Traslaviña, Lic. Enrique Pardo, Ing. Eliseo Leyzaola, Ing. Juan L. Paliza, don Epitacio Osuna, Juan de Dios Bátiz (fundador posteriormente del Instituto Politécnico Nacional), Veneranda Bátiz de Peña (primera mujer profesional egresada de la hoy Universidad Autónoma de Sinaloa), Francisco Vizcaíno, profesor Gilberto Lizárraga, profesor Manuel Páez, Samuel Híjar, Reinaldo González Sr., profesor Hilario Millán, profesor Alfonso Domínguez, Lic. Manuel A. Barrantes, Lic. Celso Gaxiola Andrade, Ing. José Laguardia, Lic. Carlos C. Echevarría, Antonio Canale, Lic. Jesús Inzunza, Gustavo Couret, profesor José Luis Valencia, profesor Manuel Hernández Ramírez, profesora Dolores Zepeda, profesor Francisco Pérez González, Lic. Fortino Gómez, Antonio Liera, Lic. Amado Bribiesca, Dr. Benjamín Salmón, Lic. Rosauro Rojo, Teodoro Cruz, Virginia Rojo, Mariana Valdés, María de los Ángeles Echavarría, Dr. Ángel Peña, profesor Manuel R. Alcerreca, Profesor Rafael Carlos Quintanilla, Dr. J. S. Okamura, Dr. Antonio Díaz Angulo, Guillermo Bonilla, presbítero Francisco Sotomayor, Esther de la Mora, Lic. Victoriano Díaz, Profesor Francisco Olave, Zazueta Landelle, profesor Conrado Espinoza, Álvaro Acosta, profesora María de Jesús Neda, Amado Blancarte, Lic. Jesús M. Gëmez y muchos más que forman la hermosa galería de la Universidad de Occidente, y cuyas huellas guardan los viejos corredores de la institución rosalina.

La mayoría de los maestros, sobre todo los fundadores, fueron extraordinariamente solidarios con la Universidad y sus alumnos. Cuando la situación de sobrevivencia del Internado se hizo imposible, cada maestro llevó a su casa un alumno, para darle techo y alimento.

Personal directivo

El personal de la Universidad estaba integrado por un rector (Dr. Bernardo J. Gastélum), un vicerrector (Ing. Enrique Peña), dos prefectos (uno de ellos era Juan de Dios Bátiz), un secretario (Gustavo Couret), un tesorero (Juan de Dios Bátiz), un jefe de estudios (José María Traslaviña), un escribiente (Juan B. Ruiz), un bibliotecario (José María Traslaviña), un conserje; cinco preparadores: Química ( Juan B. Ruiz), Física ( José María Cota), Historia Natural, clase de Dibujo de Paisaje (Napoleón Ramos) y un preparador de Cultura Física (Francisco Vizcaino); y dos mozos.

El Internado anexo, en tiempos de la Universidad de Occidente se encontraba en la antigua casa habitación que fue del gobernador Francisco Cañedo, estaba dirigido por un administrador (profesor Gilberto Lizárraga) y contaba además para el cumplimiento de su misión, con un conserje, una cocinera, dos galopinas, una lavandera y dos mozos. En un principio pagó una renta bastante considerable ($450.00 mensuales); cuando la situación económica se tornó crítica para la UO, al parecer los dueños de la finca se mostraron solidarios bajando la renta a $150.00 mensuales.

El internado contaba con aproximadamente 25 pensionistas que tenían un costo para la Universidad, de $6,847.50 al año. Los internos contaban con atención médica y medicinas. Los doctores de cabecera de los estudiantes eran el propio doctor Gastélum y el doctor Salmón.

Los alumnos

Los alumnos de la Universidad se dividían en numerarios y oyentes. Los numerarios eran los que seguían los cursos normales y los oyentes los que concurrían a alguna o algunas de sus cátedras.

Siempre andaban vestidos correctamente, con uniforme institucional; tenían el deber de guardar respeto y sumisión a sus superiores y tratar con cariño y buenos modales a sus compañeros; cuando necesitaban dirigirse a un superior, tenían que hacerlo por escrito o por medio de una comisión que no excediera de tres personas; no fumar dentro del establecimiento; tenían estrictamente prohibido formar corrillos en la puerta de la Universidad y en la Plazuela Rosales; guardar absoluto silencio toda el tiempo que durara la clase, sólo podían hablar cuando el maestro los interrogaba, o bien ellos solicitaran aclaraciones de lo que no comprendían; tenían prohibido permanecer en el establecimiento fuera del horario de clases, así como hacer reuniones dentro de la institución, que tuvieran objeto distinto a sus estudios.

Obviamente todos los juegos de azar estaban estrictamente prohibidos.

Los alumnos que infringían el reglamento purgaban las siguientes penas: apercibimiento privado o público; extrañamiento en lo privado o en clase, según la importancia de la falta; nota desfavorable en la calificación mensual; separación de entre los demás de la clase; lecciones extraordinarias o resolución de problemas; reclusión en un lugar sano; separación temporal del establecimiento; expulsión privada; expulsión pública, explicando entre los alumnos la causa que la motivó, expulsión que sería notificada a todos los demás establecimientos educativos del país, para que el alumno expulsado no fuera aceptado en ellos. Por supuesto, jamás reingresaría a la UO.

Los alumnos de preparatoria pagaban una cuota de $4.00 mensuales; y los de profesional, $5.00 pesos por mes; los alumnos normalistas estaban exentos de cualquier pago académico, si acaso sólo pagaban el costo del material.

Por cierto, quien siempre pugnó porque los alumnos pagaran la menor cantidad posible fue don Epitacio Osuna. Contrario fue don Juan de Dios Bátiz, quien propuso como alternativa para los estudiantes de escasos recursos, las becas de gracia, pero sólo para estudiantes brillantes.

La autonomía universitaria

¿Cómo entendían la autonomía las autoridades y maestros de la Universidad de Occidente?

Desde los tiempos del Porfiriato, la máxima autoridad sobre la institución era la Junta Directiva de Estudios, cuya presidencia estaba en manos del gobernador del estado. Por tanto, era el gobernador quien determinaba y aprobaba todo lo que se hacía al seno del Colegio Rosales, desde la administración del presupuesto hasta la contratación de maestros y empleados, pasando por los planes de estudios de las carreras.

En la Universidad de Occidente todo cambia. Aquí, son los maestros, convertidos en Consejo Universitario los que administran los ingresos (la Ley 47 mandataba que la administración de los fondos propios de la institución serían administrados por cinco Regentes: tres eran nombrados por el Consejo Universitario, uno por el Ejecutivo y otro por el Congreso del Estado; pero como casi nunca tuvo recursos propios nunca se nombraron; finalmente en 1920 se modifica la ley y el Consejo de Regentes desaparece, concediéndole mayores facultades al rector, como mandatario judicial y administrador, pero fiscalizado por el Consejo Universitario); los que nombran y destituyen a las autoridades en caso necesario (el rector sólo podía nombrar al secretario, tesorero, prefectos, preparadores, personal administrativo y a los profesores ayudantes, pero dando cuenta de ello al CU para que lo avalara); los que nombran y remueven a los propios catedráticos; los que proponen y modifican planes de estudios; los que seleccionan los libros de texto; los que aprueban incrementos o decrementos en los sueldos.

Es decir, son los maestros los que definen el rumbo de la Universidad, en todos los aspectos, alejados totalmente de la esfera gubernamental. Los informes del rector estaban dirigidos al Consejo Universitario. Desde luego, conforme a la Ley 47 el gobernador tenía derecho de inspeccionar y vigilar el buen uso de los recursos que entregaba. Sin embargo, no existe evidencia de que haya hecho uso de esa prerrogativa.

La máxima autoridad era el Consejo Universitario. En no pocas ocasiones el Consejo rechazó tajantemente proyectos y propuestas del rector y del vicerrector, por no considerarlas convenientes a los intereses de la Universidad. Todo asunto, por minúsculo que pareciera, era tratado en el Consejo Universitario, y resuelto por medio de una comisión que investigaba, analizaba y emitía un dictamen sobre el mismo, dictamen que, por supuesto, era aprobado o rechazado por el máximo órgano universitario. El rector tenía atadas totalmente las manos con candados muy firmes establecidos en el Reglamento Interior del Consejo Universitario.

La UO tuvo la oportunidad de ser extraordinariamente democrática, si hubiese incorporado al Consejo Universitario a los estudiantes, como en 1919 lo propusieran al seno del mismo los licenciados Pedro Gonzalo Espinoza de los Monteros y José Guillermo Heredia. Sin embargo para la mayoría de los consejeros, incluidos el doctor Gastélum y el ingeniero Peña, en la Universidad los estudiantes tenían una misión bien definida: estudiar. No obstante, hubo algunas protestas estudiantiles, como las de un grupo que se insubordinó contra el plan de estudios y el libro de texto de la clase del ingeniero Juan L. Paliza. Por supuesto, la demanda no prosperó, pero abonó el terreno para que en la etapa siguiente de la institución, la base estudiantil surgiera en todo su esplendor.

Los maestros de la Universidad de Occidente estaban dispuestos al más grande de los sacrificios con tal de no poner en entredicho o en riesgo la autonomía que disfrutaban, tal y como sucedió a mediados de 1922. La Universidad de Occidente es una de las pioneras en este aspecto, muy lejos de la Universidad Nacional Autónoma de México, institución que logra su autonomía en 1929.

Sursum Versus: hacia la cúspide

El lema actual de la Universidad Autónoma de Sinaloa es Sursum Versus. Este lema surge en febrero de 1919, cuando el rector propuso en una sesión del Consejo Universitario se abriera un concurso para que los artistas de la localidad presentaran un proyecto sobre el escudo de la Universidad y los colores de la bandera, así como el lema que debería llevar el escudo.

En esa ocasión, el Ing. Juan L. Paliza propuso, después de una kilométrica argumentación, que el lema se inscribiera en latín y que tuviera un profundo contenido científico, acorde con los principios y postulados de la institución.

Don Epitacio Osuna, que estaba escuchando con profunda atención las participaciones en torno al asunto, expresa: Yo desearía que en lugar de que el lema fuera en latín, fuera en castellano, para entenderlo perfectamente, pues hasta la fecha no sé lo que significa la palabra SURSUM que es el nombre de un periódico editado por los alumnos de este plantel.

El lema completo SURSUM VERSUS aparece oficialmente por vez primera, el 7 de agosto de 1919, en un oficio enviado al rector y firmado por los licenciados Pedro Espinoza de los Monteros y José G. Heredia, así como por el profesor José Luis Valencia y Juan de Dios Bátiz.

Hasta la fecha, nadie sabe cuando se le agregó VERSUS ni quién fue el autor de la idea original del lema universitario, que significa Hacia la cúspide. Posiblemente viene desde los tiempos del viejo Colegio Rosales.

Las escuelas

En la Universidad de Occidente, por vez primera llega el concepto de escuela. En el Colegio Rosales, según el Plan de Estudios de 1874, la Ley que organiza y reglamenta la instrucción pública de 1881 y la Ley de instrucción pública de 1895, sólo se podían estudiar carreras, con la excepción de la Escuela Normal de Preceptores, anexa al Colegio, que nació en 1881 por iniciativa del doctor Ramón Ponce de León. ¿Como se formaba, entonces, académicamente a los profesionistas? Era una enseñanza directa de quienes ejercían la profesión. Es decir, el maestro tenía a su cargo los alumnos, era un tutor educativo.

Estructuralmente la Universidad de Occidente se dividía en dos facultades: la menor y la mayor. En la primera se obtenía el grado de bachiller y en la segunda los grados de licenciado y doctor. Las escuelas eran: la preparatoria, que se cursaba en cincos años; la de farmacia, la de derecho, la de ingeniería, la de comercio, la de oficinistas y la Normal. Las de comercio y oficinista eran carreras cortas, equivalentes a las que se estudiaban hace algunos años en las llamadas academias: secretariado y contador privado.

Cada una de las escuelas tenía al frente un responsable. Por ejemplo, la de Derecho estaba a cargo del licenciado José María Tellaeche.

La muerte de la Universidad de Occidente

Las vicisitudes económicas del gobierno del estado no permitieron que Ramón F. Iturbe cumpliera con los 50,000 pesos anuales aprobados. En realidad, el gobernador en lo que menos pensaba era en la Universidad, debido a la serie de problemas que enfrentaba con el gobierno federal y en particular con Álvaro Obregón y Ángel Flores, sus enemigos irreconciliables. Al acentuarse el conflicto, en diciembre de 1919 pide un permiso indefinido para ausentarse del cargo. El periodo de Iturbe lo concluyen cinco gobernadores; incluso uno de ello duró en el poder sólo cuatro días.

En ese lapso la Universidad tuvo serios problemas económicos. Tan mal andaban las finanzas en el gobierno del estado, que en enero de 1920 se entregó a la Universidad, en lugar de dinero en efectivo un pagaré mercatil por $10,000.00 que la señorita Adelina Orrantia había otorgado a la Tesorería General del Estado; meses más tarde la UO negocia este pagaré con un banco de Nogales, Arizona. En abril de 1920 el rector suspende los pagos a los profesores; sólo se paga medio sueldo a los prefectos, secretario, tesorero, conserje, ecónoma y mozos; y se quedan sin sueldo el rector, bibliotecario, preparadores y escribiente.

El 27 de septiembre de 1920 llega a la gubernatura Ángel Flores, militar de enorme influencia en el gobierno federal. Sin embargo, doce días después el presidente Obregón lo designa jefe de la Primera División del Noroeste, y deja su lugar al coronel José Aguilar, quien cubrirá el resto del periodo, es decir hasta el 21 de marzo de 1923.

A pesar de todo, la UO al hacer los presupuestos anuales tomaba en consideración los 50 mil pesos aprobados por el Congreso en abril de 1918, con la esperanza de que algún día se los dieran. De hecho, durante toda su vida la UO sólo recibió en promedio mil pesos mensuales. No existen documentos que indiquen que se haya propuesto el proyecto universitario a las entidades vecinas como lo acordó el Congreso; salvo una acta en la que se nombra una comisión para que viajara a Sonora a sondear la posibilidad. Todo hace suponer que debido a la difícil situación económica de la UO esa comisión nunca salió.

La agobiante situación económica de la UO propicia que en los primeros días de enero de 1922 presente su renuncia el rector Bernardo J. Gastélum, propuesta no aceptada por el Consejo Universitario, por no considerarlo culpable de la situación. Además, porque el máximo órgano de la institución decidió jugarse su última carta: solicitar el apoyo del gobierno federal aprovechando las relaciones del general Ángel Flores.

El jefe de la Primera División del Noroeste, en un principio dijo que sí. Sin embargo, poco después cambió de opinión argumentando que posiblemente el gobierno federal tomaría por alta la cifra solicitada, sobre todo en ese momento, cuando la federación estaba invirtiendo mucho dinero en Sinaloa en la construcción de canales y caminos. Fue entonces cuando Ángel Flores propuso como alternativa la federalización de la Universidad de Occidente, propuesta aceptada en el momento de la discusión por el Consejo, incluido el doctor Gastélum. Sin embargo, a punto de votarse la propuesta y cuando ya se hacían planes para la elaboración del documento, un consejero que no había participado en la discusión, pero pendiente de todo lo que se decía, se levantó de su asiento y dijo terminantemente: ¡No! Y empezó a hablar con una fuerza convincente como jamás antes ninguno de los miembros lo había hecho. Era el Ing. Enrique Peña, que con gran elocuencia defendía el espacio democrático de la Universidad, el enorme y caro proyecto que ésta representaba para el pueblo y la educación sinaloense en el marco de una autonomía que debería defenderse hasta las últimas consecuencias. Cuando terminó de hablar, los consejeros y el doctor Gastélum, a quienes tenía subyugados, cambiaron de opinión.

Esa tarde fría de enero de 1922 el rector suprime el sueldo del rector; da de baja al secretario, Gustavo Couret, encomendando sus funciones al oficial primero, Guillermo Bonilla; suprime un bibliotecario; suprime los preparadores de Física y Química; y suspende los sueldos de los profesores, solicitando su colaboración gratuita.

No soportando más la situación financiera de la UO el doctor Gastélum presenta de nuevo su renuncia el 6 de marzo de 1922, aceptándosela el Consejo Universitario dos días después. Ese día se nombra rector interino al Lic. José María Tellaeche, sólo para que terminara el periodo de Gastélum. En la vicerrectoría continuó el Ing. Peña.

Días después el doctor Gastélum viaja a la ciudad de México llevando la representación de la UO para conseguir recursos federales. El mazatleco ya no regresará a la UO, ni siquiera a Culiacán. Se quedará en la capital mexicana, para poco después partir hacia Montevideo como encargado de la Legación mexicana, iniciando así, una carrera diplomática muy importante que más tarde lo llevará a la subsecretaría de Educación Pública y a la titularidad de la Secretaría de Salud.

El 28 de julio de 1922 se reúne el Consejo Universitario, con el fin de elegir rector y vicerrector, ya que el periodo de cuatro años iniciado por el doctor Gastélum terminaba el 31 de ese mes. Ese día se discutió acaloradamente si se entregaba o no la Universidad al Estado. El Lic. Tellaeche resultó rector. No se nombró vicerrector, porque al aprobarse también la entrega de la Universidad al gobierno, ya no se necesitaba.

Si se nombró rector fue para que éste oficialmente entregara la UO al Gobierno del Estado, propuesta aprobada por los consejeros. Bueno, no todos: el único que se opuso con una pasión extraordinaria fue el Lic. Francisco Verdugo Fálquez. Él quería -y así lo decía- que fuera el gobierno el que le diera muerte, no lo maestros, los cuales tenían el deber y la obligación de luchar hasta el último momento por preservar el único espacio educativo de los sinaloenses. A pesar de que luchó como gato boca arriba, haciendo gala de una oratoria espléndida, nadie lo siguió. A esa sesión no acudió el Ing. Peña.

Cuál fue el tenor de las discusiones en el Congreso del Estado, y cuál fue la cara que pusieron los diputados cuando Tellaeche y los consejeros universitarios llegaron hasta su recinto para entregarles la gloriosa Universidad de Occidente, no lo sabemos.

Lo cierto es que el 18 de octubre de 1922 la XXX legislatura expidió el decreto número 11 que creó al Colegio Civil Rosales, retornando por sus fueros la Junta Directiva de Estudios, aunque con una clara modificación.

Pero la Universidad de Occidente se negaba a morir.

El 27 de junio de 1923, once meses después de la dramática reunión en la que el Consejo Universitario tomó la determinación de entregar la UO al gobierno, el Consejo Universitario se reúne en sesión extraordinaria en los salones de la Universidad de Occidente. Asistieron, además del rector Tellaeche, los licenciados Francisco Verdugo Fálquez (curiosamente director del Colegio Civil Rosales), Manuel A. Barrantes, Fortino Gómez e ingenieros Ramón Ponce de León, Enrique Peña y Eliseo Leyzaola, todos ellos consejeros universitarios.

Entre otros puntos se trató, sobre qué hacer con la ayuda de $3,500.00 mensuales que desde noviembre de 1922 venía entregando a la UO el gobierno federal, por gestiones del doctor Bernardo J. Gastélum, y que se había venido depositando en la agencia del Sonora Bank and Trust, de Culiacán, y que ya alcanzaba la suma de $24,000.00.

Se desprende del análisis de esa reunión, y de otras posteriores, que el Colegio Civil Rosales sólo estaba supliendo a la Universidad mientras ésta se reorganizaba, toda vez que la ley 47 que creó a la UO no fue derogada.

Finalmente, después de mucho batallar, sin resultado positivo, los pilares de la Universidad de Occidente doblan las manos, y el 27 de marzo de 1925 tiran la toalla y entregan todos los recursos que tenían al Colegio Civil Rosales, a través de su director el Lic. Enrique Pérez Arce.

Los esfuerzos de una excelente planta de maestros habían sido insuficientes para sostener el sueño de los sinaloenses. La Universidad de Occidente muere por inanición, extrangulada por un proyecto de corte capitalista que ponderaba enfáticamente que el desarrollo de la agricultura estaba por encima de la educación profesional en Sinaloa y en el noroeste mexicano.

Aquellos hombres que contra viento y marea habían lanzado un proyecto fuera de serie, nunca visto en la historia de la educación en el país, fueron quedando en el camino. Algunos llegaron a ser directores de la magna institución, otros se retiraron de sus aulas por diversas circunstancias. El doctor Gastélum murió en 1982 después de una larga y fructífera vida y de haber sido honrado por la Universidad de Sinaloa con el grado de Doctor Honoris Causa en 1965. El Ing. Enrique Peña sobrevivió al caro proyecto sólo cinco años; murió en 1930. Gastélum y Peña son dos nombres que permanecerán adheridos para siempre a la institución que fundara don Eustaquio Buelna, porque fueron ellos quienes la hicieron volar, con las alas desplegadas, en una bellísima obra de arte, hacia la cúspide. Sueño hermoso de esos hombres que un día enarbolaron la bandera de la libertad y la democracia enmarcada en un concepto llamado autonomía.